Un rincón de Zamora para perderse...

LA ARQUITECTURA POPULAR SAYAGUESA comprende toda aquella construcción de piedra, realizada por la comunidad de vecinos o la unidad familiar, según los casos, sin ningún tipo de asistencia ni dirección técnica, pero, eso sí, respetando y conservando la identidad que le caracteriza, heredada y transmitida a lo largo de milenios de generación tras generación. Hoy constituye todo un legado histórico, símbolo testimonial de un pasado, que es preciso conservar.

CASA TRADICIONAL SAYAGUESA se corresponde, en su estructura, con la casa rural de la época romana. Corral delantero, portal con poyos de piedra para acceder a la mitad de casa o prezacasa, desde la cual se daba paso al resto de habitaciones: sala con alcobas, cocina con amplia campana, despensa, cernedero y sobrado. Pobre, en armonía con una tierra pobre, llena de rincones y recovecos, fruto de ampliaciones o recortes, sin otra alineación que el gusto o el anárquico capricho o las necesidades familiares, lo cual no deja de conferirle cierto encanto. El piso, generalmente de lanchas, con frecuencia lo formaba la propia peña. Anchas paredes de piedra asentadas en barro, y tabiques interiores de adobe. Las paredes interiores se blanqueaban con barro blanco (caolín) de Tamame o Peñausende. Los tejados de ripia de escobas o jara. Raquíticas ventanas para preservar del frío o del calor exterior.
Aquella vivienda de nuestros abuelos va camino de desaparecer, ante el proceso vertiginoso de las modernas construcciones de corte más de ciudad, si bien muchos sayagueses comienzan a valorar lo antiguo, y, en lugar de derribar y tirar sin control, están iniciando una labor de reconstrucción digna de todo reconocimiento y aplauso.



DEPENDENCIAS DE LA CASA TÍPICA SAYAGUESA

 
LA COCINA
con su enorme campana de humos, que alcanzaba casi a la mitad de la misma, servía como lugar de reunión familiar, además de comedor, y, muchas veces, donde recibir las visitas.
Al frente el “chupón”, fogón para la lumbre baja, del que pendían las llares con el caldero. Estaba delimitado por ambos vasares. Los flancos de la cocina lo ocupaban dos escaños, con pellejos de oveja, que se utilizaban como asientos y como improvisado sofá para la siesta al calor de la lumbre. Entre el mobiliario destacaba la pequeña mesa cuadrada con un cajón donde se guardaba el pan, cubiertos y sobrante del tocino de la comida. En torno a esa mesa se sentaba la familia para comer en sus correspondientes tajuelas.

EL HORNO se adosaba en forma semicircular, a modo de ábside, hacia el exterior de la casa, para evitar así posibles incendios. La pequeña boca estaba en el interior del cernedero, donde se hacía el pan, y, a veces, en la propia cocina aprovechando de esta forma el chupón y chimenea común. El suelo, con capacidad para 6-10 panes, se cubría con baldosas de barro para retener el calor, y la bóveda con ladrillo refractario.

LA SALA era la habitación principal de la casa. El centro lo ocupaba una camilla para comidas y reuniones importantes, matanzas, bautizos, etc. El paso del tiempo lo marcaba un gran reloj de péndulo colocado en alguna esquina. La cómoda, con varios cajones, guardaba la ropa nueva. Una raquítica ventana daba mínima luz al interior y a las dos alcobas, donde dormían los mayores.

EL CORRAL constituye la parte delantera de la casa y pieza principal de la misma, donde se recoge el ganado, que llega del campo, antes de pasar a sus estabulaciones correspondientes.

             

La grandeza de su portalada o entrada, de sillares labrados, era indicio de lo acomodado que vivía o aparentaba su dueño. Generalmente era amplia, lo suficientemente alta para permitir la entrada del carro cargado con hierba, leña o escobas para la cocina y el horno. Enorme puerta de dos hojas, en una de las cuales se abre otra más pequeña para el paso de personas y animales. Para protegerla de la lluvia se cubre con un tejadillo a dos aguas. Su herraje, clavos y picaporte, constituyen interesantes piezas artesanas del herrero del pueblo.

LA TENADA o cabañal era un cobertizo para el ganado. Formaba parte del corral y se alineaba generalmente a lo largo de la pared frontal al portal. Disponía de varias entradas, evitando con ello el que sirviese de jaula o trampa a los animales más débiles.

EL COMEDERO DE LAS VACAS, Tenía, a veces, puerta con la misma cocina, para facilitar así la atención a las vacas a la hora de “apajar” y repetir las sucesivas “posturas” (un poco de paja y harina), mientras su dueño cenaba o se calentaba a la lumbre. Era del suficiente largo para dar cabida al número de vacas. La que más podía entraba en primer lugar y así el resto, hasta ocupar cada una su puesto en las “piloneras”, pilas alargadas de piedra con dos o tres pesebres, que dividían al comedero en dos espacios; uno más amplio para las vacas, otro, a manera de pasillo, para el dueño que lo recorría para echarle la paja y harina. Hoy esas pilas, ya en desuso, se reutilizan como jardineras para poner flores.

EL PAJAR comunicaba desde el interior con el comedero, y desde el exterior con la calle, desde donde se llenaba de paja con la bielda a través del “boquero”, un pequeño hueco casi a la altura del tejado.

LA BODEGA La filoxera acabó en el siglo XIX con las viñas sayaguesas. A partir de entonces muchos pueblos prefirieron reemplazarlas por cultivos de cereales. Aún así, a muchas fincas le ha quedado el sobrenombre de la viña de fulano, a pesar de no quedar en ella ningún vestigio de la misma. Los pueblos más próximos a la Tierra del Vino y los que se asientan en la ladera del Duero, en especial Fermoselle, siguen con el cultivo de la vid. Por tanto en todos ellos se hace indispensable el lagar con la prensa, y la bodega excavada en muchos casos en la propia roca.

CASETAS O CASITOS DE PASTORES El paisaje sayagués, especialmente el del oeste rocoso, aparece salpicado aquí y allá con pequeñas casetas-refugio de pastores y boyeros. La técnica de construcción se remonta a los primitivos chozos prerromanos de los que sólo se conserva alguna muestra. Son de piedra, de forma circular, lo que les distingue de las casetas cuadrangulares guardaviñas, acabados en curiosísima falsa bóveda de lanchas, cubierta por arriba con tierra para evitar filtraciones.



CHIVITEROS Como su nombre indica, se trata de pequeñas guarderías de chivos durante el día, mientras sus madres recorren las laderas del Arribe mordisqueando tallos tiernos del matorral. Circulares cuando están aislados y semicirculares si apoyan sobre alguna pared o peña, está cubiertos por techos cónicos, hechos con escobas para proteger del frío o del calor. Su diminuta entrada se cierra con una lancha, hasta el atardecer en que la abre el cabrero para dejarles mamar.

EL POZO CON SU CIGÜEÑAL Como símbolo de la penuria y escasez de agua en la comarca, se puede ver todavía en algún huerto la figura enhiesta del cigüeñal. Con esta simple y primitiva máquina, se sacaba el agua del pozo para regar. La piedra de contrapeso, en muchos casos era una molinera romana, para aprovechar su hueco central, y sujetarla al palo.

EL PALOMAR En su día constituyó un importante complemento en la economía de su dueño, por cuanto le proporcionaba pichones como alimento y, lo más valioso, excelente abono, palomina, para su huerto y viña. Se construían de piedra, incluyendo los nichos de nidificación, cuadrangulares o redondos en lugares bien visibles.

FUENTES Uno de los grandes problemas de Sayago fue siempre la escasez de agua. Esto obligó a sus habitantes a tomar soluciones comunes, y, “a rueda de vecinos” o “a prestación personal” buscaron con avidez los manantiales, construyendo entre todos la mayoría de las fuentes que hoy observamos, con amplias entradas con escalones y grandes lanchas como techo. A su lado no pueden faltar las pilas de piedra donde abrevar los ganados.



PUENTES La gran mayoría de los puentes de lanchas sayagueses se remontan a tiempos medievales. Rústicos, pero consistentes, fueron levantados por los propios vecinos con ese espíritu de cooperación y ayuda mutua ante problemas comunes, que caracterizó de siempre al sayagués. Los hay con doble pasarela y con una sola fila de lanchas. Que no se pierda ninguno.

   



TRINQUETES O FRONTONES El deporte rey de Sayago fue siempre la pelota a mano. Los ratos libres, siempre pocos en otros tiempos, y especialmente los domingos tras el rosario, grandes y pequeños se reunían en torno a esos frontones abiertos, en muchos casos la pared del campanario de la Iglesia, para disputar entretenidos partidos de pelota. Los frontones, utilizados ahora para pelota con raqueta, están a la espera de aquellos excelentes pelotaris, que llegaron a competir con la flor de los vascos y navarros.


LA FRAGUA Tanto la fragua comunitaria como la particular estaban aisladas de las casas en prevención de posibles incendios. Cada tarde, los golpes del martillo del herrero sobre el yunque congregaban al atardecer a hombres y mozos, con el fin de poner a punto sus rejas y aperos de labranza. El ruido del fuelle y de las mazas no impedía la charla entre los reunidos sobre diversos aspectos del tiempo, del campo, o los incidentes de la vida de la comunidad local. Hoy son testimonios mudos de aquellos trabajos y convivencias.

EL POTRO o los potros del pueblo nos remontan a un pasado agrícola, en el que la vaca autóctona sayaguesa era un importante animal de tiro, que era preciso herrar o hacerle alguna cura con relativa frecuencia. Consiste en una sencilla jaula, formada por cuatro grandes piedras clavadas en sus esquinas, en las que se colocaban el yugo y los palos fijos y giratorios, capaces de inmovilizar o suspender en el aire a dichos animales por el herrero, veterinario o dueño correspondiente.

EL MOLINO Los árabes fueron quienes introdujeron en España la técnica de los molinos. Pronto aprendieron los sayagueses la forma de construcción de la presa y su canal, cortando la corriente de sus riveras, especialmente las que vierten al Duero en rápidos y cascadas, para aprovechar su fuerza hidráulica. Así, desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XVIII, Fariza llegó a contabilizar 20 molinos, Le superó Villardiegua con 21, Torregamones 15, Moralina 13, Moral 8. Abelón, Mámoles, Palazuelo, Almeida y Carbellino, etc, le siguieron a la zaga. La fuerza eléctrica y las modernas fábricas de harinas fueron poco a poco silenciando las muelas de aquellos molinos comunitarios o particulares. Algunos de Mámoles, Fariza, Badilla, Gamones, Torregamones, Villardiegua, Villadepera, etc. continúan funcionando. Los otros presentan un estado ruinoso y de abandono.

         

BATANES O PISONES El batán fue parte importante y complemento del telar. Aprovechando, como en el molino la fuerza de la corriente, unos grandes mazos de madera golpeaban sobre el agua los paños y las mantas salidas de los telares sayagueses, con el fin de enfurtir o dar apresto al tejido, y al mismo tiempo desengrasar esas piezas. Los últimos que se recuerdan son los de Carbellino y Argusino, hoy bajo las aguas embalsadas del Tormes, y los de Fariza y Almeida que aún están a tiempo de ser recuperados. 


  CERÁMICA

En los primeros asentamientos y castros sayagueses de finales del Neolítico (piedra pulimentada) y principios del Calcolítico (Edad del Cobre), hace unos 4000 años, aparecen vestigios y fragmentos de la primitiva y rudimentaria cerámica, aún sin torno. Desde entonces, de manera ininterrumpida, arcillas y caolines (arcilla blanca) han sido dominadas, sobre todo por manos femeninas, hasta nuestros días. En pueblos como Almeida, Cibanal, Fresno, Fermoselle y Fornillos fueron, hasta hace poco tiempo, conocidos sus tejares. Carbellino, y sobre todo Pereruela, se distinguieron en el arte alfarero: cántaros, pucheros, botijos, ollas, tinajas, baños y otros cacharros fueron elaborados en el obrador familiar hasta la llegada de las nuevas tecnologías. Especialmente han alcanzado fama internacional las cazuelas y los hornos de Pereruela.

LA PIEL Y EL CUERO

Fermoselle ha sido por excelencia el pueblo que más se ha distinguido en el trabajo de la piel y el cuero. Han tenido fama las familias de boteros, dedicados, como su nombre indica, a confeccionar botas para el vino y pellejos (odres) para el vino y aceite. Hubo talabarteros de cuyos talleres familiares salieron albardas, mullidas, colleras, correajes y otros aperos de cuero necesarios en la labranza. Chanqueros que hicieron chancas, el calzado tradicional en Sayago. Todavía podemos ver todas esas piezas en algún rincón de los sobrados, en algún museo particular o en los etnográficos que comienzan a proliferar.

TELARES

La lana de la oveja churra, así como la de oveja castellana, constituyó la materia prima para la elaboración artesana de las prendas de vestir, mantas, toquillas, así como alforjas y costales.

La rueca y el huso fueron utilizados por todas las abuelas. El telar familiar fue complemento de la actividad agrícola, que vio multiplicar su número en los pueblos sayagueses durante el siglo XVIII. Sólo dos de aquellos rudimentarios y sencillos telares se conservan en Sayago aunque ya parados por jubilación de sus respectivos dueños. El de Almeida y el de Moralina, de Emilio Mielgo y Felicísimo Pascual respectivamente. Como joyas representativas de un pasado histórico deben ser considerados y conservados.


TRAJE CHARRO SAYAGUÉS
El traje charro es el típico y tradicional de la comarca. Dentro de unas parecidas líneas hay ligeras diferencias entre los pueblos. El de la mujer es siempre más vistoso con el fin de ensalzar su figura y belleza. El más rico en decoración es lógicamente el de ceremonia, el de boda y fiesta. El de diario es sencillo, rústico, sin lujos.

El traje charro es una recopilación de detalles e influencias a lo largo de su historia, que hoy decoran sus bordados: discos solares que nos remontan a la época prerromana y romana, abalorios de origen griego, elementos florales medievales, pajaritas estilizadas importadas del Nuevo Mundo desde el momento de su colonización, dijes y amuletos contra el mal de ojo, medias lunas y corazones de influencia musulmana, el pez, símbolo de la virginidad y del cristianismo, y algún que otro adorno. Las prendas femeninas más elaboradas son: la saya o manteo, el mandil o delantal, la escarpina, las cintas del pelo y las de atrás o costaleras. Entre la joyería destacan los hilos de oro, encomiendas y los pendientes. En las prendas masculinas los botones de plata del chaleco y en el pantalón a la altura de la pantorrilla.

LA MADERA

El sayagués hubo de ingeniárselas para sobrevivir en una tierra que le ha sido siempre hostil. Toda carencia la suplió con su ingenio y habilidad. Labrador y carpintero, logró que algunos útiles de cocina, la humilde y sencilla mueblería, así como sus aperos de labranza, confeccionados con su hacha, azuela, sierra y lima, se convirtieran en verdaderas obras de arte, dignas de exposición en cualquier museo etnográfico.

 La encina, el fresno y el negrillo, tan abundantes en Sayago, dieron las maderas nobles para conseguir badajos, cucharas, cucharones, tenedores y morteros que aún siguen confeccionándose en Torregamones, Zafara y Cibanal. Cubas para el vino en el primero de estos pueblos. Escaños, tajuelas, arcas, alacenas, cómodas, mesas, bancos y escabeles constituyeron las piezas más destacadas de sus muebles.

      

Yugos, arados, bieldos y bieldas, horcas o tornaderas, carretillos para el agua, carros de “mondar” y carros de transporte fueron sus principales aperos de labranza.

 

Con la llegada de la electricidad y las máquinas, bien entrado el siglo XX, la elaboración de estos carros pasa a realizarse de manera más industrial en varios pueblos sayagueses, entre los que destacó Almeida con cuatro carreteros. También se fabricaron en Fresno, Moralina, Escuadro, Torregamones y Argañin, sin perder nunca el carácter artesano.

EL MIMBRE

Algunos labradores supieron armonizar su trabajo en el campo con el de la mimbre, como complemento de su economía. Las mimbreras se hallan abandonadas a su suerte. Nos queda sólo el recuerdo y reconocimiento de aquellos artesanos. Entre las piezas que nos legaron aún pueden verse: cestillos, cestos grandes y pequeños, cestas de distintas formas y tamaños, “asnales”, etc.

LA PAJA DE CENTENO

El centeno ha sido el cereal por excelencia de Sayago. Con el bálago, paja larga tras quitarle el grano, las mujeres sayaguesas supieron darle vida y forma, y convertirlo en obras de arte. Desde el sombrero de verano a los capachos y serones; grandes escriñas para conservar el embutido; escriños para la harina; cestillos y cuencos para las patatas; costureros y joyeros; para rellenar el interior de albardas, y colleras; para los jergones de paja; para el rodete de la caldera de la matanza y otros útiles no menos necesarios.


EL CUERNO

Los cuernos de las vacas y toros sayagueses fueron reutilizados aprovechando su forma. Sirvieron para llevar en agua la piedra de afilar de la guadaña, como fiambrera para el tocino, para embutir en tripa las carnes de cerdo y hacer chorizos, para hacer morcillas. Con la punta de la navaja se grabaron curiosos dibujos por pastores o boyeros. Calentando el cuerno se convirtió en peces, aves y otros animales, de manos igualmente pastoriles.

 


LA PIEDRA


La piedra, a pesar de su dureza, ya fue dominada por los hombres más primitivos en la talla de sus hachas paleolíticas, neolíticas, primeras molineras a mano y estelas funerarias, presentes en varios pueblos sayagueses.

    

               

A partir de entonces y hasta nuestros días, el sayagués fue dejando muestras de sus trabajos en piedra en brocales de pozo, pilas de lavar y para el ganado, piedras labradas o bien esquinadas para portadas y ventanas. Y ha demostrado, como ninguna otra comarca, el esfuerzo y buen hacer en levantar infinidad de paredes para el cerramiento de sus fincas.

La piedra, tan pródiga y presente en la comarca, ha servido para levantar multitud de puentes de todo tipo, fuentes, potros, casas y dependencias que armonizan y se confunden entre el paisaje rocoso.

  



LA FORJA DEL HIERRO

          
Si hubo un artesano por excelencia, ese fue el herrero, que con su martillo, yunque, lima y sobre todo habilidad, consiguió ennoblecer el hierro, y llevarlo a la categoría de arte, en útiles cotidianos como: aperos, cuchillos, navajas, hachas, sierras, clavos, cerraduras, rejas de ventanas, barandillas de balcones, aldabas, y picaportes con su sello propio.

CURANDERISMO


Una de las costumbres más arraigadas en el medio rural sayagués, que está a punto de desaparecer, es la del curanderismo, tan antiguo como el hombre. Los curanderos y curanderas de Sayago son labradores o ganaderos que, en sus ratos libres, están siempre dispuestos a curar desinteresadamente a personas o animales. Por ello son muy queridos y respetados entre sus vecinos. Sus poderes, sus dones, su gracia, sus méritos como ellos mismos manifiestan, han sido generalmente transmitidos por sus ascendientes de generación en generación como herencia o como un regalo del cielo.

La fórmula curativa viene a ser una mezcla de rito pagano y rito cristiano ya que reúne conjuros y trazado de cruces y rezos. Quienes hacen entrega de sus poderes, los pierden sin poderlos ya recuperar. La transmisión consiste en decir las palabras, gestos y plantas, si es que se aplican, al receptor, que guardará todo en el mayor secretismo hasta el momento de su cesión de nuevo a un tercero.

Es difícil encontrar una explicación racional y científica a ciertas curaciones en nuestra sociedad actual. Es posible que la fe, la dosis de esperanza, que reciben los enfermos de estas personas enigmáticas, sean suficientes para causar lo que la medicina conoce como el efecto placebo, capaz de obrar prodigios.

Los curanderos más solicitados son aquellos que curan el culebrón (Herpes zoster),        eczemas, psoriasis, verrugas, clavos, y los

cocos (gusanos) del ganado.

Los hay también que se atreven con luxaciones de tobillo o columna, manqueras en el lenguaje sayagués, mediante masajes, ventosas, tirones de la piel, etc.


MEDICINA POPULAR


Cuando los romanos llegaron a Sayago les sorprendió el alto conocimiento y aplicación que tenían sus habitantes de las plantas medicinales. Conocimiento del que tomaron buena nota e incorporaron a su farmacopea y recetas.


Es otra de las costumbres en vías de extinción. Sólo las personas más ancianas son conocedoras de tales plantas y de la preparación de las dosis curativas.

     La relación de estas plantas

medicinales y sus aplicaciones es larga, por lo que tan sólo cabe destacar algunas: la triaca (Veronicas officinalis) y la consuelda (Symphytum officinale) para cicatrizar y desinfectar cualquier herida, la ruda (Ruta montana) para inflamaciones y para producir abortos, “basilios”, ombligo de Venus (Umbilicus pendulinus) para las cortaduras, la celidonia (Chelidonium majus) para las verrugas, La ortiga mayor (Urtica dioica) contra la caída del pelo, poleo (Mentha pulegium), orégano (Origanum vulgare) y manzanilla (la Matricaria Chomomilla o la Anthemis nobilis) para problemas digestivos, el hinojo (Foeniculum vulgares) para abrir el apetito, la malva (Malva sylvestris) para cataplasmas,etc, etc.



CREENCIAS Y SUPERSTICIONES


Bien es cierto que la fe hace milagros y que la fe, que ahora se está perdiendo, fue denominador común entre los sayagueses de más edad. Con frecuencia han recurrido a los poderes sobrenaturales, a la Virgen, a los mártires, como recurso a sus dolencias, por considerar que el dolor y la enfermedad son consecuencia del castigo divino por el pecado original.

    Así, para el dolor de garganta se ponían al cuello las cintas de San Blas bendecidas en Pasariegos o en Villar del Buey en el día de su fiesta.

Contra la rabia se acudía a la ermita de Santa Catalina de Palazuelo.

San Isidro ha sido el protector de los campos y a él se hacían rogativas en ese sentido.

Santa Lucía protegía la vista.

Cuando alguien pierde alguna cosa se sigue recurriendo al responsorio de San Antonio…

Pero a veces la fe cristiana arrastra todavía el lastre de las primitivas creencias y supersticiones paganas, lo que origina una mezcla de ambas culturas a la hora de buscar remedios contra la enfermedad del familiar o de los animales, contra el rayo, el pedrisco o la catástrofe.

Para librarse de las asechanzas del diablo o espíritu maligno, así como del “mal de ojo” de la bruja de turno, los sayagueses han encontrado siempre remedios preventivos y curativos. Entre los primeros, han sido comunes en todos los pueblos el escapulario

 o un trocito de piedra de ara del altar para proteger a los niños del mal de ojo, las reliquias para lograr buenos alumbramientos en las mujeres y en los partos de las vacas o de las cerdas, el agua bendita para salpicar la casa y estabulaciones al tiempo de recitar esta jaculatoria: salid espíritus malignos, el Señor quede con nosotros, en el nombre del Padre, etc..

Son también comunes otros amuletos preventivos como la pata de conejo o de tejón; un ramo de ruda colgado a la puerta o en la chimenea ahuyenta con su mal olor a cualquier bruja que se acerque.                

Cuando el cerdo o el ternero no maman, cuando el niño no concilia el sueño, es achacado a que la bruja le ha echado mal de ojo. Entre los remedios que se aplican a estos problemas puede ser la Vela María que lució el Jueves Santo en la Iglesia, el agua bendita o algún conjuro.

Para proteger la casa del rayo se coloca en la ventana un ramo de laurel bendecido el Domingo de Ramos.

Una cruz, hecha con palitos del mismo, se acostumbraba a colocar entre el garbanzal o clavarla en el postigo con idéntica intención.

Para detener el nublado que amenazaba piedra, se tocaban las campanas por el experto del pueblo para detenerlo.

El cuervo y el “mosco” negro presagiaban muerte o desgracia.

Los dientes de erizo evitaban el dolor en la salida de los primeros dientes.